Beijing, entre la tradición china y la modernidad occidental

Beijing, capital de la República Popular de China, ha sido conocida en Occidente como Pekín hasta hace unos años que recuperó su nombre original. Resumen de razas, cultura e historia del país más poblado de la tierra y de la nación con la historia más longeva, es la esencia de Asia, la médula de una civilización que emerge poderosa e imparable.

Beijing
Exposición sobre minorías étnicas celebrada en las calles de Beijing.

Reportaje de
José Vicente Castelló 
何维柯
Beijing, que significa literalmente “la capital del Norte” –běi, norte, jīng, capital-, demuestra su poder central, cultural y político frente a Shanghai, centro económico y financiero de China. Ambas ciudades han sufrido en los últimos años la mayor transformación urbanística, social, comercial y humana que se haya experimentado recientemente en una urbe del planeta.

Hogar de burócratas, altos cargos militares, hombres de negocios, nuevos ricos, diplomáticos de todo el mundo, estudiantes, artistas y gente corriente, Beijing es el crisol donde convergen el idioma oficial —chino mandarín— con los dialectos de las 56 nacionalidades que habitan en todo el país.

Sede de diversas religiones —budismo, confucionismo, taoísmo, cristianismo e islamismo— y amparo de múltiples pensamientos tipo tàijíquán, gōngfū, qìgōng o fēngshuǐ, las calles de Beijing son el resumen de la arquitectura, la grandeza imperial, la monumentalidad y la esencia de lo auténticamente chino.

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Vista nocturna de la calle comercial Qianmen.

Sus entrañas son un laberinto imperfecto de callejuelas estrechas —hutong—, muros rojizos, paredes grises, tejados puntiagudos, túneles, templos, parques, lagos, mansiones, museos, rascacielos, vertiginosas autopistas y majestuosos palacios, mezcla de la tradición e historia de China con la modernidad de un país occidental.

La estampa más estereotipada de Beijing es la de sus ciudadanos montados en bicicleta, la de la Puerta de Tian’anmen con el retrato de Mao Zedong, la de los eternos atascos, la imperdurable contaminación aérea, las máscaras de la Ópera de Beijing, la Gran Muralla y la alegría de los beijineses y las fastuosas celebraciones llevadas a cabo una vez Juan Antonio Samaranch pronunció el nombre de la sede de los Juegos Olímpicos de 2008: Beijing.

La exitosa celebración de las Olimpiadas en una capital deseosa de quedar bien ante el mundo entero, supuso el despegue definitivo para Beijing y, por ende, para China, alcanzado cuotas de popularidad internacional que no vivía desde que fuera fundada en 1949. Es por esto que todo lo que sea chino está de moda.

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Puerta de Tian’anmen

Datos geográficos y de población

Rodeada de montañas por el norte y por el oeste, el área municipal de Beijing tiene una extensión de 16.800 kilómetros cuadrados. Los límites de la ciudad se extienden a lo largo de 80 kilómetros y de ella dependen administrativamente catorce distritos urbanos de la periferia.

La mejor época para visitar Beijing es de abril a junio y de septiembre a principios de noviembre. El verano es muy caluroso y sofocante, mientras que el invierno es gélido y seco, llegando a alcanzar las temperaturas los veinte grados bajo cero. Durante la primavera las tormentas de arena procedente del desierto de Gobi son constantes.

Con una población cercana a los 20 millones de habitantes y una inmigración ilegal de campesinos de más de un millón, Beijing está habitada mayoritariamente por chinos han, mientras que el resto de sus residentes pertenecen a alguna de las tantas minorías étnicas.

La introducción durante los últimos años de una política de apertura ha resultado en una fiebre consumista, un auge económico y un desarrollo descontrolado de la ciudad. Cientos de rascacielos se elevan hacia el cielo de Beijing mientras nuevos centros comerciales se inauguran constantemente a imitación del modelo occidental, cuyo modo de vida es todo un ejemplo en este país.

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Turistas chinos disfrutan del ambiente bucólico del Palacio de Verano.

Historia y cultura

Aunque los datos que poseen los estudiosos no son del todo claros, la historia de la ciudad de Beijing podría tener algo más de 3.000 años. Fundada en un principio como puesto fronterizo y comercial entre los mongoles y coreanos por el norte y las tribus de Shandong y del centro de China por el sur, se convirtió en la capital del reino Yan durante el Periodo de los Estados Combatientes (476-221 a.C.) y recibió el nombre de Ji.

Durante la dinastía Liao (916-1125) cambió su denominación por la de Yanjing –capital de los Yan-. En 1215, el guerrero mongol Genghis Khan la bautizó como Dadu –gran capital-, mientras que durante la dinastía Ming (1368-1644), la ciudad fue conocida como Beiping —paz del norte—.

En 1400, el mayor arquitecto de la historia de China, Yongle, la rebautizó como Beijing —capital del norte—, nombre que perdura hasta la actualidad, y construyó en ella la mayoría de palacios, templos y monumentos que se pueden admirar todavía hoy en día.

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La calle Liulichang es famosa por sus tiendas de artesanía y antigüedades chinas.

Durante el periodo de la dinastía manchú Qing (1644-1911) la ciudad se extendió y sufrió los mayores cambios y revoluciones que nunca haya imaginado. Así, se produjeron acontecimientos que marcaron para siempre la historia y la faz de la ciudad. En 1860 las tropas anglo-francesas invadieron la capital y destruyeron el antiguo Palacio de Verano –de las que aún se conservan las ruinas-, mientras tanto, tuvo lugar la Rebelión Taiping (1850-1868) y tras finalizar ese siglo la Rebelión de los Bóxers en 1900 en contra de la presencia extranjera consentida por el régimen autoritario de terror y corrupto de la cruel emperatriz Cixi (1834-1908). A todo esto le siguió el destronamiento de Puyi, último emperador de China, la revolución de 1911 donde el Kuomintang –Partido Nacionalista-, dirigido por Sun Yatsen, fundó la República China, a continuación la invasión japonesa de 1937; la revolución comunista de 1949 liderada por Mao Zedong y la Revolución Cultural de 1966. Poco después, el programa de modernización de 1979 lanzado por Deng Xiaoping; la apertura de los años 90; la presidencia de Hu Jintao, el crecimiento desmesurado de la ciudad con nuevos barrios, la construcción de hasta seis cinturones de circunvalación, una decena de nuevas líneas de metro, cientos de calles, autopistas, puentes y avenidas de nuevo corte y la celebración de las Olimpiadas Beijing 2008. Un proceso realmente vertiginoso para ese breve periodo de tiempo.

Culturalmente hablando Beijing tiene mucho que ofrecer durante todo el año. Desde música tradicional china hasta ópera, pasando por pintura, caligrafía, antigüedades, literatura, artes marciales, acrobacias o exposiciones de arte moderno, tendencia que está en alza y que alcanza ya un nivel internacional de primer orden.

La lengua más hablada en Beijing es el chino mandarín o pŭtōnghuà, aunque la gente local y originaria de la ciudad habla běijīnghuà, es decir, el dialecto de Beijing. El inglés es bastante limitado y se reduce casi exclusivamente a lugares muy turísticos, a taxistas aviesos y a gente joven ávida de practicarlo.

Atractivos turísticos y naturales

Conocer Beijing en una sola visita es misión casi imposible, a no ser que se disponga de mucho tiempo. Al tratarse de una capital con una larga historia, alberga numerosos monumentos y lugares de interés turístico que vale la pena conocer. Muchos de ellos son visitados únicamente por lugareños, extranjeros que viven en la ciudad o por foráneos que la han frecuentado en numerosas ocasiones.

Los puntos de interés más importantes de Beijing son la plaza de Tian’anmen —su traducción sería Puerta de la Paz Celestial— donde se haya, además del Palacio del Pueblo y del Museo de Historia —renovado recientemente—, el Mausoleo de Mao, la puerta de Tian’anmen —con el famoso retrato de Mao Zedong—, la Ciudad Prohibida —también conocida como el Palacio Museo—, la puerta Zhengyang, la calle Qianmen –recién restaurada- y el Palacio de la Ópera. También cabe destacar como lugares de interés turístico el Palacio de Verano, el Templo del Cielo, el Templo Lama, las callejuelas o hutong, la calle comercial Wangfujing —con el mercado nocturno de comidas—, el Templo de Confucio, el Parque Beihai, la Colina del Carbón, la calle de las antigüedades Liulichang, el Parque Ritan, el Lago Houhai, la calle tibetana Yandaixiejie, el barrio de arte moderno 798, el Zoológico, la Torre de la China Central Television (CCTV), el Monumento al Milenio, la Ciudad Olímpica, la Gran Muralla y las Tumbas Ming entre otros.

Además, existen otras puertas, templos menores y lugares de interés propio que también valen una visita, como son la Torre de la Campana, la Torre del Tambor, el Antiguo Observatorio Astronómico, el Puente Celestial, la Universidad de Beijing, las ruinas de Yuanmingyuan, las Colinas Perfumadas, las Catacumbas, el Templo de la Nube Blanca (taoísta), el Templo del Buda Durmiente o el Templo de la Stupa Blanca, el Parque de las Minorías Étnicas o El Templo de la Tierra, por nombrar algunos.

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La calle Liulichang es famosa por sus tiendas de artesanía y antigüedades chinas.

Los amantes de la cultura y el espectáculo podrán disfrutar con una actuación de la Ópera de Beijing o Jīngjù, de acrobacias chinas o de bailes de las minorías étnicas.

La Gran Muralla, atracción turística de China por excelencia, se puede visitar en cinco lugares más o menos cercanos a la capital. De ellos, Badaling, a 70 kilómetros de Beijing, es el punto más concurrido, reconstruido y turístico. Lleno de tiendas, teleféricos, restaurantes y cines de tres dimensiones, parece más un montaje para excursiones rápidas que un lugar de interés histórico mundial con el título de Patrimonio de la Humanidad. Los que van en excursiones organizadas, suelen visitar en el camino hacia la Gran Muralla una fábrica de perlas, una fábrica de cloisonné y una fábrica de seda, donde se espera que hagan algunas compras. Juyongguan es la parte de la Gran Muralla que más presenta un aspecto de fortaleza militar y tiene un recorrido muy largo y empinado. Por su parte, Mutianyu, en el distrito de Huairou, a 90 kilómetros, ofrece una visión de la Gran Muralla menos bulliciosa, más tranquila y está rodeada de vegetación y montañas escarpadas; mientras que la zona de Simatai, a 110 kilómetros en el distrito de Miyun, es la menos visitada y restaurada, por tanto, la más salvaje y original, con un aspecto parecido al que tuvo en su época. De hecho, con sus 135 atalayas y sus 19 kilómetros de longitud, está considerada como la mejor de toda China.

También a las afueras de la ciudad, se pueden visitar las Tumbas Qing, Chengde —la ciudad que alberga el Pequeño Potala—, Qinhuangdao —donde la Gran Muralla acaba literalmente en el mar—, las grutas de Yungang en Datong, la montaña Wutai, la bella ciudad de Pingyao o Tianjin —el puerto natural de Beijing—.

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Ruínas de Yuanmingyuan, antiguo Palacio de Verano.

Comidas, compras y ocio

El plato más famoso de Beijing es, sin duda, el Pato Laqueado (en chino Běijīng kǎoyā o 北京烤鸭). Cocinado tras una elaboración tradicional y costosa que hace que la piel del pato quede sabrosa, fina y crujiente, con muy poca carne, este manjar es de obligada degustación para todo el que visita la capital china. Se come acompañado por unas tortitas de harina, ajo puerro en tiras finas y salsa de harina fermentada. El cocinero suele trinchar el pato enfrente de los comensales en una especie de ceremonia que vale la pena contemplar, pues en sí supone todo un arte.

La gastronomía china, y por tanto la de Beijing, es muy rica y variada. Destacan los jiǎozi –ravioles chinos al vapor- rellenos de carne o verduras, los bǎozi —panecillos al vapor—, los rollitos de primavera, la pasta y las batatas cocidas. Además, existe una gran variedad de platos de carne de cerdo, ternera y pollo, donde el Gōngbāo jīdīng —dados de pollo con cacahuetes— es el más famoso.

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Puerta Qianmen.

Beijing es también un paraíso para las compras. Cuenta con diversos mercados callejeros en los que se puede adquirir todo tipo de artículos de vestir y de regalo a precios muy económicos. El Mercado de la Seda —conocido en chino como Xiùshuǐjiē o 秀水街— es el preferido no sólo entre los turistas amantes del regateo feroz, sino también entre los propios beijineses con ganas de adquirir auténticas gangas, aunque en la zona diplomática destaca también el Mercado Yaxiu —igual que el anterior, pero más tranquilo—. En ellos se puede discutir el precio y obtener una prenda de seda o algodón o un artículo de artesanía por un importe más que razonable. El Mercado Ruso —llamado en chino Yǎbǎolù  o 雅宝路— es el más grande de todos los mercados de Beijing, frecuentado por europeos del Este y el que ofrece mejores ofertas y más variedad, aunque la calidad no es muy buena. En el Mercado de las Perlas —en chino Hóngqiáo shìchǎng o 红桥市场— se pueden adquirir perlas tanto chinas como japonesas, mientras que en el Mercado de la Artesanía o de los Campesinos —en chino Pānjiāyuán o 潘家园— se encuentra lo mismo que en cualquier rastro español, pero en versión china, destacando la artesanía de las minorías étnicas y muebles y libros antiguos perteneciente a la zona rural.

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Típicos picaportes chinos.

Wangfujing (o 王府井) es la calle peatonal y comercial por excelencia en Beijing. El lugar ideal para perderse en miles de tiendas y grandes almacenes de lujo todo el día —destacan el Oriental Plaza, los Grandes Almacenes Beijing y el Xindong’an Plaza—, además de albergar la famosa Librería de Lenguas Extranjeras de Beijing. Xidan (o 西单) es otro centro comercial muy visitado donde las tiendas de ropa barata de marca le asaltan a uno a cada paso. Para teléfonos móviles y aparatos electrónicos, nada como Gongzhufen o Zhongguancun.

Por su parte, las antigüedades, la artesanía y el arte tradicional de calidad se pueden adquirir a buenos precios en la calle Liulichang, mientras que en el barrio de arte moderno 798 hay todo tipo de obras de prestigiosos artistas de renombre mundial y galerías con tiendas exclusivas y de diseño.

Desplazarse por Beijing es relativamente sencillo gracias a la gran cantidad de taxis de bajo precio. El metro ha crecido en número de líneas y alcanza a muchas áreas de la ciudad. Los autobuses de línea son numerosos, baratos y suelen ir siempre llenos. Los que llevan aire acondicionado son más caros. Actualmente existe también una línea de tren rápido que te lleva desde la estación de Dongzhimen hasta el Aeropuerto Internacional de Beijing a un precio muy razonable y en muy poco tiempo.

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Vista panorámica de la Ciudad Prohibida

El eje central que divide a la ciudad

El eje central de Beijing va a ser renovado por completo como parte de la solicitud como Patrimonio Cultural de la Humanidad que tiene pensado reivindicar el ayuntamiento de la capital china. A lo largo de una línea imaginaria que divide la ciudad en dos por su propio centro estratégico y físico existe una serie de edificaciones históricas que van a sufrir una transformación especial para poder incluirlas dentro de la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Se trata de, comenzando de norte a sur, la Puerta Di’anmen —la cual será reconstruida en su totalidad tras haber sida demolida en 1955—, la Puerta Shenwumen, la Puerta Qianqingmen, la Puerta Taihemen, la Puerta Wumen, la Puerta Duanmen, la Puerta Tian’anmen, la Puerta Zhengyangmen —más conocida como la Puerta Qianmen— y la Puerta Yongdingmen. La columna vertebral que divide en dos a la ciudad y que pasa por en medio de la Ciudad Prohibida concluye, en realidad, en la Torre del Tambor y la Torre de la Campana, al norte del palacio imperial.

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Las calles del viejo Beijing se llaman hutong.

La planificación de una ciudad con un eje central simétrico norte-sur es, en realidad, única en la arquitectura urbana de la historia de la humanidad y tiene una longitud total de 7,8 kilómetros. Durante la ceremonia de inauguración de las Olimpiadas de Beijing 2008, el mundo quedó boquiabierto ante los espectaculares castillos de fuegos artificiales lanzados a lo largo del eje de la ciudad que fueron explotando uno a uno hasta llegar al Estadio Olímpico desde el mismo corazón de la Plaza de Tian’anmen.

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Turistas extranjeros regatean en el famoso Mercado de la Seda.

En la antigüedad, se le conocía al eje central como “la vena del dragón” y era un símbolo imperial, pues los emperadores pensaban que ellos eran el centro del mundo y sus palacios debían estar construidos en ese eje. Las puertas, además de servir de entrada a la ciudad, hacían las veces de sistema defensivo y estaban unidas por una muralla que circundaba la ciudad. Aunque la mayoría de las puertas fueron derribadas para construir un sistema de autopistas que albergara el creciente tráfico de la capital china, esos puntos estratégicos conservan todavía el nombre de la puerta original y también nombra al barrio que la rodea. Ahora, el proyecto de restauración logrará que todas las puertas se alcen de nuevo en el paisaje de Beijing y que le devuelvan a la ciudad la grandeza de la época de la dinastía Qing (1644-1911).

Beijing
Los taxis de Beijing llevan todos una franja amarilla, color imperial.

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pdfPublicado originalmente en: Revista Instituto Confucio.
Número 7. Volumen IV. Julio de 2011.
Leer este reportaje en la edición impresa

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