Puyi

Puyi (溥仪): La vida licenciosa del último emperador de China

Puyi (溥仪, 1906-1967), el último emperador de China, se dió a conocer en Occidente como protagonista de la película El último emperador (1987). Puyi, que subió al trono en 1908 cuando contaba con tan solo tres años de edad, perdió su reputación como emperador cuando abdicó, convirtiéndose en un ciudadano más no acostumbrado a llevar una vida anónima.

Reportaje de
Wang Wen
王文
Pudiera ser que el personaje que presentamos aquí le sea familiar. Se trata de Puyi (溥仪, 1906-1967), el último emperador de China y máximo protagonista de la película dirigida por el director italiano Bernardo Bertolucci (1941-2018) e interpretada por el actor norteamericano de origen hongkonés Zun Long (尊龙, más conocido como John Lone) titulada precisamente El último emperador (1987).

En noviembre de 1924, Feng Yuxiang (冯玉祥, 1882-1948), caudillo militar y general de la República de China (1912-1949), inició un golpe de estado en Beijing que concluyó con la expulsión del último emperador de la dinastía Qing (1644-1911) de la Ciudad Prohibida. Fue así como, de la noche a la mañana, Puyi perdió su trono y se convirtió en un ciudadano más.

A principios de 1925, Puyi llegó a Tianjin acompañado de su séquito y se alojó en la villa Zhangyuan, situada dentro de la concesión japonesa, actual número 59 de la calle Anshan. Contaba entonces con 19 años de edad. Posteriormente se trasladó a la residencia Jingyuan (o Jardín de la Serenidad), ubicada en el número 70 de la misma calle y permaneció ahí hasta 1931, año en el que abandonó definitivamente Tianjin.

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Puyi a la izquierda de su padre, Zaifeng, y su hermano Pujie.

Puyi, que subió al trono en 1908 cuando contaba con tan solo tres años de edad, perdió su reputación como emperador cuando abdicó, convirtiéndose en un ciudadano más no acostumbrado a llevar una vida anónima. Por eso, durante su estancia en Zhangyuan continuó utilizando su apelativo real y colgó una placa en la puerta de la mansión que decía: “Aquí reside la corte imperial”. Lo cierto era que no había asuntos políticos o monárquicos que despachar.

En aquel entonces hileras e hileras de edificios se levantaban en las nueve concesiones extranjeras que poseía la ciudad, los buques comerciales extranjeros atracaban en los muelles del puerto, las calles estaban repletas de bancos y empresas extranjeras, en los restaurantes solían comer hombres y mujeres de cabellos rubios y ojos azules; muchos políticos y caudillos militares que perdieron sus poderes, intelectuales venidos a menos, oficiales y generales huyeron a las concesiones extranjeras en Tianjin llevándose a sus parientes y tesoros. Todo esto hizo que la ciudad presentara un aspecto mezcla entre lo colonial y lo feudal. Fue así como Puyi comenzó a ensanchar sus horizontes y a disfrutar de la vida disoluta de una metrópoli de corte occidental. Así, acumuló gran cantidad de bienes de consumo de lujo, incluidos diversos automóviles, bicicletas, diamantes, pianos, relojes de oro, etc. y se dedicó a vivir una vida de auténtico despilfarro.

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El último emperador de China hacia 1910.

Para corresponder a la bondad imperial de la corte de la dinastía Qing, conservar la dignidad del emperador y expresar su lealtad como viejo cortesano de la corte, Zhang Biao, de 70 años y dueño del Zhangyuan, cuidó con esmero de Puyi y su séquito. No les cobró el alquiler del inmueble e incluso limpiaba él mismo el patio interior de hojas y suciedad, puso seguridad, cambió todos los muebles por los nuevos modelos europeos de la empresa británica Huiluo, aumentó en una altura el edificio y mandó construir un gimnasio, una sala de billar y un salón de recreo para tocar el piano, jugar al ajedrez, escribir caligrafía, pintar, cantar y bailar, también mandó instalar una radio y otros equipos electrónicos de la época. Para matar el aburrimiento de Puyi, Zhang Biao ordenó a su hijo que le acompañara. Después, el malogrado emperador aprendió equitación, golf, billar, motociclismo, automovilismo, etc.

Cuando Puyi vivía en el Palacio Imperial aprendió, de la mano de Reginald Fleming Johston (1874-1938), su tutor escocés y profesor de inglés, las costumbres, los modos y las modas de Occidente. Así, cuando Puyi se quitaba su toga imperial, se vestía al corte occidental con boina, jerséis de cachemira importados desde Inglaterra, pantalones cortos marrones, medias blancas y zapatos de deporte, con lo que parecía un señorito moderno y deportista; otras veces, se ponía trajes y fracs de estilo occidental confeccionados con materiales importados y corbatas de seda con broches de oro, camisas con botones con diamantes, anillos, un bastón, gafas de sol alemanas de la marca Zeiss, se perfumaba y le seguían su mujer, concubinas y perros. Con esta imagen, frecuentaba bares, salones, restaurantes, el parque de atracciones y los grandes almacenes que estaban en las concesiones extranjeras de Tianjin.

Reginald Johnston: El escocés que se enamoró de China

Desde que Johnston entrara en la Ciudad Prohibida, en marzo de 1919, Puyi empezó a tener interés por la comida occidental, con lo que contrató a cuatro cocineros europeos que le hacían sus platos favoritos. Al llegar a Tianjin, sus costumbres alimenticias se occidentalizaron todavía más y solía acudir al Hotel Astor a cenar y a rodearse de extranjeros, además era asiduo al famoso restaurante occidental Qishilin de Tianjin. Tanto fue así, que cuando se exilió nuevamente a Changchun, invitó en varias ocasiones a los cocineros de dicho local, Wang Fengnian y Yu Qinghe, a cocinar para él en Manchuria.

Gracias a Johnston, Puyi conoció a H. G. W. Woodhead, famoso editor británico, y a otras personalidades y figuras destacadas que venían a Tianjin, tales como jefes de diversas guarniciones, cónsules de diferentes países, etc. El gobernador general de Canadá, Wellington, y el tercer hijo del rey Jorge V de Inglaterra se hicieron amigos de Puyi. Eso significaba que tenía una vida social muy intensa y recibía multitud de invitaciones de todo tipo. Cada vez que se celebraba un baile, un banquete, una boda, un desfile u otras actividades sociales de relevancia, se contaba con la presencia del depuesto emperador y de la emperatriz.

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Puyi y su esposa Wanrong en una fotografía tomada entre 1922 y 1924.

Puyi intercambió correspondencia y fotografías con el rey de Italia y con el de Noruega, mientras que con el primer ministro italiano, Benito Mussolini, mantuvo un contacto epistolar muy intenso y se hacían regalos mutuamente. Además, contaba con la amistad de un austriaco llamado Ake, un inglés apodado Ross y un ex-general zarista apellidado Semenoff. También mantenía frecuentes contactos con dignatarios de la República de China que residían en Tianjin, tales como Li Yuanhong, Xu Shichang, Duan Lirui, Wu Peifu, Zhang Zuolin, Zhang Xueliang, etc.

Solía hacer sus compras en los grandes almacenes Huiluo, Zhengchang, Yili y Zhongyuan entre otros. Se cortaba el pelo siempre en la misma barbería y escuchaba a Mei Lanfang cantar Ópera de Beijing en el teatro Kaiming. Como la emperatriz Wanrong vivió su infancia en Tianjin, para ella volver a esta ciudad significaba regresar a su casa. Solía pasear en coche con Puyi, acudía al Jockey Club a tomar el té, al cine a ver películas americanas, a las cafeterías de moda, a los salones de fiesta y a otros lugares de entretenimiento abiertos a la alta sociedad. Con todo ello llevaba, al igual que su marido, una vida de despilfarro y ocio que parecí a no tener fin.

El largometraje de Bertolucci supuso que Occidente conociera por primera vez la realidad y el pasado de un país enigmático y desconocido.

El estilo de vida moderno y occidentalizado que llevaba Puyi en Tianjin, sus contactos con extranjeros, la donación que realizó a las víctimas de las inundaciones del río Yangtsé en 1931, así como el sonado divorcio con la concubina Wenxiu, hicieron que Puyi se convirtiera en el personaje que permanecía en boca de todos, además los principales medios de comunicación, tales como la revista ilustrada Beiyang, el periódico Dagong y el diario Nuevo Tianjin, le dedicaban decenas de páginas a su persona, incluso de vez en cuando era objeto de los chismorreos de la prensa internacional.

En un principio, Puyi eligió Tianjin para preparar sus estudios en una universidad extranjera. Sin embargo, jamás se imaginó que permanecería en esta ciudad siete años, tiempo dedicado a la vida fácil y licenciosa. A pesar de todo, serían, en realidad, los mejores años en la vida del último emperador de China previos a los turbulentos acontecimientos que estaban por venir.

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Puyi se trasladó a vivir de la Ciudad Prohibida a Tianjin en 1924.

Sin duda alguna, durante su estancia en Tianjin, con quien Puyi tuvo más contacto fue precisamente con los japoneses. Bajo la conspiración e intriga de Kenji Doihara (1883-1948), el jefe de la agencia de espionaje del Ejército Imperial Japonés acreditado en Tianjin, la noche del 10 de noviembre de 1931, Puyi disfrazado escapó de su residencia y se escondió en el maletero de un coche. En el puerto de Dagu, el buque comercial japonés “Awajimaru” le esperaba para llevarlo a un destino incierto. Meses después, el 1 de marzo de 1932, llegó a la ciudad de Changchun, provincia de Jilin, donde Puyi se convirtió en el gobernador fantoche apoyado por el militarismo japonés y, más tarde, en el emperador títere de Manchukuo.

Más de 50 años después, en 1987, el director italiano Bernardo Bertolucci entró en la Ciudad Prohibida de Beijing con un equipo de rodaje compuesto por 150 chinos, 100 italianos y 20 ingleses para filmar el largometraje titulado El último emperador. Con el beneplácito del Gobierno chino, se convirtió en el primer director extranjero que rodaba una película en lo que fuera la residencia oficial de diversas dinastías chinas. El enorme éxito de su celuloide supuso dar a conocer la vida y vicisitudes de Puyi en todo el mundo.

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Cartel de El último emperador (1987), la primera película que obtuvo permiso del Gobierno chino para rodar en el interior de la Ciudad Prohibida.

Bertolucci mostró al último emperador como si de una persona ordinaria se tratara, una víctima atropellada por la rueda de la historia, que pasó de ser el “hijo de Dios” a un ciudadano anónimo. Cuando Puyi subió al trono, con tan solo tres años, comenzó un camino sin retorno que el director italiano supo mostrar con valentía en su rodaje. Bertolucci se valió de unos magníficos paisajes y de constantes cambios de escenas para que la gran narración de la película fluyera con naturalidad y veracidad. Mostró a la audiencia un Puyi real y vivo lleno de tensión histórica y cultural.

El largometraje obtuvo un total de nueve premios Oscar en 1988, incluido los de Mejor Película y Mejor Director, y supuso que Occidente conociera por primera vez la realidad y el pasado de un país enigmático y desconocido.

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Fotograma de “El último emperador” (1987)

Se dice que después del estreno de la película muchos restaurantes chinos en ultramar prosperaron de la noche a la mañana y tanto en Hong Kong como en Taiwán comenzaron a rodar más series y largometrajes donde Puyi era el protagonista, aunque, a decir verdad, ninguna obtuvo ningún reconocimiento importante. En comparación con la de Bertolucci no pueden superarla ni en el aspecto ideológico, ni en el cultural, ni en el artístico.

Actualmente en China, cualquier lugar donde haya vivido Puyi se ha convertido en punto de interés turístico, tales como la Ciudad Prohibida de Beijing, el Jingyuan de Tianjin, el Palacio Imperial de Changchun, la cárcel de Fushun donde fue encarcelado, etc. Aunque Puyi desapareció de la escena pública hace mucho tiempo, todavía quedan muchos misterios pendientes por resolver sobre su vida, su actuación, ambiciones y posterior reconversión.


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pdfPublicado originalmente en: Revista Instituto Confucio.
Número 13. Volumen IV. Julio de 2012.
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