Recuerdos de infancia en Año Nuevo

Reportaje de
Yu Baiwei
Traducido por Carlos García de la Morena
El tiempo vuela. Sin darme cuenta, ya han pasado 15 años desde que dejé mi casa y vine a vivir a España. He pasado cada una de las celebraciones del Año Nuevo chino en Valencia, siempre enredado y ocupado por el trabajo, con recuerdos de mi infancia durante estas fechas cada vez más borrosos. De forma inconsciente, hoy ha brotado por mi mente un poema de Wang Anshi que describe esta festividad:

“el sonido de los petardos anuncia el año,
la brisa primaveral calienta el tusu”.

Estos versos detienen mis pensamientos para, acto seguido, discurrir hacia la fiesta y sentir el cálido aroma de mi hogar.


Los recuerdos de la infancia son una serie de números. Al ver el paso de los días en el calendario, siempre me ha gustado contar con los dedos, con la esperanza de que el tiempo avance con más rapidez. El rasgado de las hojas se asemeja al batir de un tambor. La caída de cada una de ellas avisa de que nos encontramos un paso más cerca de la Fiesta de la Primavera.
Los recuerdos de la infancia son coloridos: el rojo de los farolillos, el dorado con que se escriben los pareados, las pinturas multicolor y los carteles decorativos que se ven allá donde vayas. La sureña Guangdong siempre es cálida. El tradicional mercado de flores da la bienvenida al festival y se llena, como es natural, de macetas de amarillos y lustrosos kumquats, llamativas orquídeas y todo tipo de flores y plantas que compiten por añadir su propio y deslumbrante halo cuando se aproxima el Año Nuevo. La gente sostiene tiestos que simbolizan la buena suerte, ansiosa por acogerla en la puerta de sus casas. La espera y la sonrisa dibujada en las caras acompaña el bullicio y las risas del mercado, las cuales ondean en el aire y agregan una pincelada de color a la llegada del Año Nuevo Lunar.

La noche previa al Año Nuevo, la cocina es un campo de batalla sin humo. Cada uno se encarga de su tarea y, como por arte de magia, se preparan todo tipo de manjares. Ya sean platos fríos o calientes, principales o postres como el pudin de arroz de los ocho tesoros

Comparado con los grandes platos de carne y pescado, el recuerdo de mi abuela haciendo las indispensables empanadillas de huevo es imborrable: ponía un cazo de cobre sobre un pequeño fogón de carbón, untaba el huevo batido suavemente, echaba la carne sazonada y con los palillos le daba la forma de un pequeño lingote de oro.

Los recuerdos de la infancia son el vapor y las volutas del aroma de la comida que se eleva por la cocina. En el sur no se pueden evitar los productos curados. La carne y las salchichas que se cuelgan al sol en los balcones de las casas, a veces pato o pescado ahumado, constituyen un ritual de acercamiento al Año Nuevo. Días antes, las personas se agolpan en las tiendas para comprar la comida más fresca y caliente para recibir el año. De vez en cuando, la fragancia se escapa y el niño que fui no la inhala, sino que aguanta la respiración, temeroso de que el olor sea transitorio. La noche previa al Año Nuevo, la cocina es un campo de batalla sin humo. Cada uno se encarga de su tarea y, como por arte de magia, se preparan todo tipo de manjares. Ya sean platos fríos o calientes, principales o postres como el pudin de arroz de los ocho tesoros, esta comida que alberga el júbilo y la buena suerte supone, además de un símbolo próspero de la reunión familiar, la condensación de las bendiciones más profundas de las familias hacia el año entrante. Comparado con los grandes platos de carne y pescado, el recuerdo de mi abuela haciendo las indispensables empanadillas de huevo es imborrable: ponía un cazo de cobre sobre un pequeño fogón de carbón, untaba el huevo batido suavemente, echaba la carne sazonada y con los palillos le daba la forma de un pequeño lingote de oro. Para mí, comer este plato cuando era niño, lo que solo ocurría una vez al año, se convirtió en mi más querido recuerdo y símbolo gastronómico de la Fiesta de la Primavera.

El Año Nuevo chino es un tema del que nunca se termina de hablar. Especialmente, para aquellos que vivimos en el extranjero, supone el recuerdo más profundo de nuestro hogar e infancia. Cada vez que lo pienso, aparece en mi mente ese escenario animado por la celebración, con el aroma de la comida flotando por la cocina. Los recuerdos se concentran, caldean tu corazón y te aportan satisfacción y dulzura. Quizá este sea su significado. No importa cuán lejos te halles de tu país. Siempre podrás sentir el Año Nuevo a tu lado.

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