Ruta marítima de la Seda

La Ruta Marítima de la Seda

La Ruta Marítima de la Seda es una travesía que, hace tres milenios, comenzó a surcar las aguas desde el mar Amarillo hasta las costas de lo que hoy son Corea y Japón. Menos conocida que la famosa Ruta de la Seda terrestre, las expediciones navales que posteriormente fletaron las diversas dinastías chinas alcanzaron el continente africano e incluso Oriente Medio.

Reportaje de
Jesús Martínez
Al menos desde mil años antes de la era común hay constancia de una Ruta de la Seda, a través del mar Amarillo, que llegaba hasta Corea y Japón. Por esa época, se sabe con certeza que en Egipto ya había seda china aunque es imposible establecer si llegó desde Oriente por tierra o por mar. Sí que está documentado que Ciro, y después Alejandro Magno, enviaron flotas hasta la India, el puente obligado en cualquier trayecto marítimo al país de los Seres, “gentes de la seda”. Los romanos usaron y disfrutaron el preciado tejido hasta el punto que el Senado debatió prohibir su uso por la inmensa cantidad de oro que suponía su pago.

Ruta marítima de la Seda

Los arqueólogos han encontrado cuencos de vidrio en una tumba china en las costas del sur del país, concretamente en Guangzhou, un hecho que indicaría que, a través de persas, árabes e indios, el comercio entre China y la República de Roma también existió por vía marítima. Los registros documentales chinos, que podemos hallar en el Libro de Han (汉书), certifican que en el siglo II a.C. el emperador Wu (汉武帝) de la dinastía Han (, 206 a.C.-220 d.C.) envió una flota que llegó a Ceilán y la India, donde también atracaban embarcaciones con los productos y materias primas de griegos, romanos, egipcios o persas.

Ruta marítima de la Seda
Emperador Wu de la dinastía Han

Para todos, los vientos monzónicos aseguraban, según las estaciones, la regularidad de las singladuras, lo que hizo posible que la ruta marítima superara a la terrestre durante los periodos en que guerras e invasiones dificultaban o interrumpían el viaje de las caravanas por los caminos de Asia Central y Oriente Próximo. Desde las ciudades costeras del sur de China, como Guangzhou, hasta el golfo Pérsico, el mar Rojo y el Mediterráneo, un rosario de puertos como los de Malaca, Calicut, Ormuz, Muscat, Alejandría o Tiro, entre muchos otros, actuaban como centros logísticos y de intercambio.

Desde China llegaba la preciada seda, pero también porcelana, té, jade o artículos de hierro y bronce. Desde el oeste, marfil, incienso y mirra, joyas, piedras preciosas y oro, además de las especias y las maderas de la India y del sudeste asiático.

Ruta marítima de la Seda

Emerge la flota china

La invención de la brújula o del timón abatible, un mecanismo fundamental para navegar por aguas someras, los conocimientos astronómicos y de cartografía, así como los avances en la construcción de los tradicionales juncos, dieron a partir del siglo XI un fuerte impulso a la marina china. Su momento glorioso y su emergencia llegó con las expediciones de Zheng He (郑和), en el siglo XV.

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Zheng He

Zheng, un eunuco que se ganó el favor personal del emperador Yongle, de la dinastía Ming (, 1368-1644), comandó las siete legendarias exploraciones que lo llevaron hasta Zanzíbar en el África oriental y hasta el estrecho de Ormuz, en el golfo Pérsico. Incluso desembarcó en Yeda, el puerto de la Meca. Las travesías de Zheng fueron viajes de exploración que aunaban el interés comercial con el político y que contribuyeron a mantener y a consolidar el prestigio de China como potencia hegemónica. Los marineros y soldados embarcados no actuaron como tropas coloniales al estilo europeo sino como una policía naval en aguas históricamente infestadas de piratas, con puntos tan vulnerables como el citado estrecho de Malaca.

Las naves principales de las flotas de Zheng eran juncos que alcanzaban los 150 m de eslora, es decir, casi cinco veces más que las carabelas occidentales en esa época. Contaban con nueve mástiles, cuatro cubiertas y triple casco. Podían embarcar a 2.000 hombres. Eran auténticos prodigios de la ingeniería naval, seguros y fáciles de gobernar, y a los que acompañaban centenares de naves auxiliares con mercancías para el comercio, caballería, víveres y agua potable. En su momento álgido, esta ingente flota llegó a embarcar a casi 30.000 tripulantes entre marineros, soldados, comerciantes, funcionarios, escribas o científicos.

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De sus viajes, Zheng regresó a la China de la dinastía Ming con un gran prestigio naval y diplomático pero también con impresionantes objetos de lujo y exóticos, entre ellos una jirafa a la que consideraron una especie de unicornio. Algunos historiadores han especulado con la posibilidad de que el gran almirante chino llegara a América. Sin embargo, en el cenit de la gloria naval china, la nueva burocracia imperial enfrentada a los comerciantes consideró que aquellas aventuras habían resultado demasiado caras. Con el emperador y valedor de Zheng ya muerto, su sucesor prohibió el comercio marítimo internacional y la construcción de barcos de más de dos mástiles.

Pero la historia de la Ruta Marítima de la Seda no concluye aquí. En el siglo XV el portugués Vasco de Gama circunnavega África para comerciar directamente con Oriente. Empiezan a cambiar los protagonistas en un tiempo en que la seda deja de ser la principal mercancía porque, aunque la producida en China es de calidad muy superior, ya se manufactura con un relativo éxito en Europa.

Ruta marítima de la Seda

Con la apertura de la ruta del Pacífico y la colonización española de las Filipinas surge una nueva Ruta de la Seda: es el tornaviaje. Los galeones españoles llevarán la plata de América para pagar la seda, las lacas, las especias y los artículos de lujo que viajarán de vuelta en el llamado Galeón de Manila o Nao de China, hasta Acapulco. En México se volverán a reembarcar las mercancías en la Flota de las Indias hasta España. Fue una ruta regular y un ejemplo de globalización que puso en contacto Asia con Iberoamérica y Europa y que se prolongó más de doscientos años, hasta bien entrado el siglo XIX.


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pdfPublicado originalmente en: Revista Instituto Confucio.
Número 42. Volumen III. Mayo de 2017.
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